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martes, 8 de julio de 2014

La Despedida.




 Se había dormido. Me quedé allí, en bragas,  fumando, mirándolo y pensando qué clase de tío podría ser tan gilipollas para dejarme escapar. Podría haberle suplicado, rogado, llorado, aferrarme  a algún bonito recuerdo, echarle algo en cara, pero no. Lo único que se me ocurrió fue meterle una patada en los huevos después de soltarme la mierda de argumentos por los que me dejaba. Lo miré, agaché la cabeza, respiré hondo y sin más mi pierna se vio movida por una extraña fuerza que la llevó directa al centro de su masculinidad.
Se quedó blanco, sin respiración, se llevó las manos a la zona cero y con los ojos inyectados en sangre me miró con odio y de su boca salieron toda clase de improperios que no vale la pena listar ahora. Se le doblaron  las rodillas y cayó en el colchón gimiendo de dolor. Hundió su cabeza en la almohada sin dejar de chillar como una hiena.
-Ahora ya sabes lo que se siente cuando te rompen el corazón. Adiós-.