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jueves, 6 de febrero de 2014

El Cisne Negro





 Él era de derechas, conservador, bróker de bolsa, repeinado con kilos gomina al estilo Mario Conde. . Seguramente empezaría a quedarse calvo por la coronilla y se hacía esa especie de ensaimada para disimular y aparentar ser más joven. De traje impecable y tirantes. De coche grande seguramente porque carecía de algo bajo la bragueta. Un puro ególatra incapaz de ver más allá de sus narices. Un buen cristiano de golpe en el pecho ante el “Yo confieso...” cada domingo por la mañana. De esos que separan sus apellidos con un guión para darse mayor importancia. Un cabrón en toda regla como jefe y como marido, aunque su mujer le había sido fiel durante los 15 años que llevaban casados. Ella religiosa, sierva de dios y ferviente admiradora de Pitita Ridruejo y sus visiones marianas. Todos los miércoles asistía al club de beneficencia donde aparte de recaudar fondos se ponía verde a quien hiciera falta.

Él los miércoles iba al club a jugar al bridge. Pero no apareció nunca por allí. Pagaba a uno de los camareros para que le respaldase la coartada en caso de que alguien, su mujer, dudase de su palabra. Don Francisco López y Zumárraga-Santos todos los miércoles visitaba “ El Cisne Negro” una casa de citas en la zona alta de la ciudad. Allí cada semana lo recibía Natalie, la Madame quien lo atendía personalmente. Natalie era francesa de ascendencia húngara y conocía los gustos de Panchito. Sí, Panchito, porque Don Francisco al traspasar la puerta del lupanar se transformaba. La chica lo desnudaba y el ponía un collar de perro. Cogía una fusta y le daba unos azotes en el culo, le hacía que se pusiera a cuatro patas y olisqueara sus zapatos . Panchito obedecía sin rechistar y su gordo culo cada vez se veía más colorado por los azotes y eso, lo excitaba. Natalie escupía en su boca y le ordenaba que se lo tragara.
  • ¿ Te gusta, no, cabrón? ...Te encanta,¿ verdad?- Le decía mientras le tiraba del pelo dejando ver la clara de su coronilla. Tenía un aspecto ridículo.- Te la pone durísima, lo sé-.
  • ¡Sí, madame!-.
Panchito, sudoroso y brillante como un lechón, disfrutaba de los bofetones de Natalie, de los retortijones  en los testículos con pinzas de madera. De los puñetazos en el estómago con los que ella le obsequiaba cuando no quería beber su orina. De cómo clavaba sus tacones de aguja en su prepucio hinchado a punto de explotar y de lamer su propio semen después de correrse en el suelo. Aquello era el puto cielo, el éxtasis. Aquel placer no era barato pero de alguna manera debía dilapidar la fortuna familiar. Ya se confesaría el domingo en misa de doce...
  • Hasta la próxima semana, Don Francisco, sabe que aquí nos tiene para lo que guste. Como siempre, ha sido un placer...-.